Digamos, de una manera sencilla, que la cultura define lo que está primero, lo que prima; lo que se privilegia, se defiende y se procura. La cultura plasma una realidad y muestra claramente lo que se valora. Si la cultura privilegia la vida, la naturaleza, la salud, entonces primero están las personas, se protege el ambiente, no se envenenan las aguas, no se contamina el aire, no se produce comida chatarra. No se hace nada que perjudique la gente aunque haya que sacrificar dinero.
Si al contrario, la cultura privilegia el dinero, entonces ganar y enriquecerse está por encima sin importar los medios, perjudicar personas, empobrecer ciudades, deteriorar el ambiente, atrasar un país. No importan los efectos de productos dañinos, pues lo que interesa son las ganancias. Cuando el valor predominante es el dinero se sacrifican las personas con tal de obtenerlo.
El dinero es importante para satisfacer necesidades, para el progreso de la gente, alcanzar metas y disfrutar de una vida independiente. Considerado como un medio, puede cambiar la vida de las personas de manera positiva; pero cuando es considerado como un fin cambia la vida de manera negativa, crea una cultura materialista y de consumo, coloca la riqueza por encima del bienestar de las personas y desemboca en la ambición, conduce a la usura, la trampa, el soborno y la corrupción.
El problema no es el dinero como tal sino el lugar que la cultura le otorga.
Cuando se privilegia la vida, se cuida la vida por encima de otros intereses. Cuando se privilegia el dinero, este se persigue por encima de la vida y entonces, el bienestar de las personas pasa a segundo plano.
La condición ideal de un negocio es producir buenos resultados para todos sus grupos de interés, en la cual los que compran a buen precio hacen una buena inversión que, a su vez, retorna a los productores rendimientos atractivos. Pero en el ámbito de la economía, cuando la utilidad y el crecimiento prevalecen se crean condiciones perjudiciales para los consumidores y después, se afectan también los productores.
Asumamos como ejemplo, que en un sector sano como el de la construcción se abra la compuerta de la ambición y como consecuencia se genere la especulación. En esta condición, los constructores aun vendiendo caro “salen” de lo que hacen obteniendo atractiva utilidad. Cuando se incrementan los precios hasta niveles especulativos, quienes compran por inversión se hacen dueños de bienes costosos que rentan menos y empiezan a sufrir las consecuencias al disminuirse la rentabilidad de la finca raíz. En consecuencia, quienes viven de los arriendos recibirán menos ingresos.
Quienes compran para solucionar su necesidad de vivienda encontrarán bienes costosos a los cuales tendrán que dedicar mayor valor de sus ahorros para la cuota inicial y mayor porcentaje de sus ingresos para pagar la deuda a largo plazo en una entidad financiera. Se empezarán a sentir precios alejados de las posibilidades de los compradores y planes de financiación difíciles o imposibles de pagar. Empezará a sentirse la “burbuja”. Pero bajo la miopía del corto plazo, con frecuencia, la cultura capitalista resultante olvidará las lecciones del pasado. ¿Recuerdan la crisis de los 90? ¿el desastre del UPAC y las corporaciones?
La economía progresa cuando progresan los consumidores. La economía se alimenta de la capacidad de consumo y si los consumidores se atoran, la economía colapsa. Pero el éxito y la bonanza del corto plazo, hacen perder la perspectiva del largo plazo. La sabiduría de los abuelos se refería a esto como: “matar la gallina de los huevos de oro”.
En una bonanza, se puede distorsionar fácilmente el aprovechamiento del mercado con los fenómenos de la ambición y la especulación. Si los constructores realizan proyectos hasta la saturación, el mercado entra en recesión, la riqueza se concentra en unos pocos y la mayoría pierde.
Con referencia a la cultura hindú, en su libro “Yoga Winsdom at Work”, Maren and Jamie Showkeir consideran que colocar las utilidades por delante de la seguridad y el bienestar de los conciudadanos, es una forma de quebrantar Ahimsa, el precepto hindú de la no-violencia. Con este enfoque podemos afirmar, que en el colapso de la industria de la construcción y la vivienda en el 2008 en los Estados Unidos, cuando los bancos y sus inversionistas estaban obsesionados con las utilidades de sus inversiones en cambio de un mejor servicio a sus clientes, sus prácticas riesgosas culminaron, según este principio de la cultura hindú, en una forma grave de violencia: recesión, desempleo y pérdida de las casas de millones de deudores del sistema hipotecario. Propiciado por el sistema, muchas personas perdieron sus hogares, cuando intencionalmente pidieron préstamos que no tenían capacidad de pagar. Diferente hubiera sido la situación si quienes tomaron las decisiones en su momento hubieran estado seriamente comprometidos con el precepto de la no-violencia. Una cultura que coloca en primer lugar el bienestar y después las utilidades obtendrá resultados sustancialmente diferentes a otra cultura que, al contrario, pone primero las utilidades y después el bienestar.
