Que todo vaya bien en el próximo gobierno no es tan simple como parece. Tan difícil como que:
- Los políticos dejen el disfraz que acostumbran, abandonen el populismo y sean honestos con la gente.
- Se supere el recelo entre los extremos.
- Los distintos sectores logren concertar alrededor del bien común, superen el radicalismo, sus prejuicios y estén realmente dispuestos a luchar contra la injusticia, la desigualdad y la corrupción.
- Se abandonen: el terrible irrespeto por la vida, las masacres, las fuerzas obscuras y los delitos de lesa humanidad.
- El presidente no aproveche su período para enriquecerse y favorecer las roscas.
- Los ex presidentes dejen gobernar y cedan en su ego-influencia.
- Se contribuya a la paz, al avance social y a fortalecer el sentido de comunidad.
- Frente a los compromisos con la clase política y los super-poderes prime el bien de la sociedad.
- Las acciones produzcan verdaderos avances y no signifiquen retrocesos.
- Disminuya la influencia de líderes mesiánicos supuestos salvadores del país.
- Los “ganadores” de las elecciones eviten el triunfalismo y en su propósito de “enderezar” el país no desconozcan a los “perdedores”.
- El presidente elegido logre independizarse de las influencias que pretendan convertirlo en marioneta y siendo tan joven haga un gobierno independiente y construya su propio prestigio político.
- La oposición no sea irracional e incendiaria y represente los 8 millones de votos y los ochocientos mil votos en blanco, siendo seria e inteligente para evitar los propósitos negativos del nuevo gobierno cuando los haya, pero sepa también apoyar las buenas iniciativas.
Ojalá que esto se diera en los próximos 4 años. Difícil, pues necesitamos buen gobierno y buena oposición; en una democracia, los dos deben estar presentes. Presentes los 10 millones, presentes los 8,8 millones, presentes los abstencionistas; todo por el bien de los 49 millones. El triunfo debe ser para el país y no un trofeo del sector que ganó las elecciones para desconocer a los demás.
